Cuentos brevísimos 4

grimorio

Tema: Un libro polvoriento.
Travis Saturno tenía fama de malhumorado y excéntrico entre sus vecinos del casco antiguo. La pequeña librería de viejo que regentaba era una de las mejor consideradas entre los coleccionistas de incunables y otra fauna amante de la literatura, pero nadie era ajeno a las leyendas que corrían de boca en boca alrededor de la desgarbada figura del librero y de su peculiar establecimiento.
  Uno de los rumores más extendidos hacía referencia a su condición de brujo. Muchos aseguraban conocer a alguien, o tener un familiar, que había logrado colarse de noche en la tienda y haber accedido, mediante una trampilla oculta en la trastienda, a una estancia subterránea que estaba repleta de altas estanterías, atestadas de grimorios escritos con extrañas runas. Algunos añadían el detalle de aquellos símbolos dibujados en el suelo de piedra con algo muy parecido a sangre.
  Pasaban cinco minutos de la hora de cierre y Travis se acercó con paso cansino hacia la puerta de su establecimiento dispuesto a darle la vuelta al cartel que ahora rezaba «abierto». Pero antes de que pudiera girar la llave en la cerradura, dos jóvenes entraron empujando bruscamente la puerta. Uno permaneció junto a la entrada, vigilando la calle a través del cristal, mientras el otro desenfundaba un arma y apuntaba al sorprendido Travis.
  —La recaudación, viejo, o de esta noche no pasas.
  Travis paseó la mirada del cañón del arma al rostro crispado del joven negro que la empuñaba, y a la mirada nerviosa del que permanecía junto a la puerta.
  —Me temo mucho que os sentiréis defraudados —dijo el anciano.
  —Venga coño —gritó el joven junto a la puerta. No tenemos todo el puto día.
  —Abre la caja ahora mismo o te reviento la cabeza —le amenazó el otro.
  Arrastrando los pies, el viejo volvió con dificultad tras el mostrador y abrió la caja.
  —Vigílalo bien Tom, no le dejes mover los brazos ni decir nada.
  —No seas imbécil. Eso no son más que chorradas.
  Pero cuando el joven negro regresó la mirada tras el mostrador vio a Travis Saturnino sostener un polvoriento libro en su mano derecha y apuntarle con la izquierda. El anciano empezó a musitar extrañas palabras.
  —Nozaroc im argela omoc, notselrach, notselrach…
  —¡Está conjurando un puto hechizo, tío! —bramó el muchacho que vigilaba la puerta segundos antes de salir corriendo por ella.
  Thomas dudó unos segundos. Los ojos del viejo estaban clavados en él y su anciano rostro se deformaba al vocalizar con furia el extraño salmo. Su mano izquierda estaba crispada como una garra que parecía querer agarrarle el alma. Cuando el anciano estiró los cinco dedos en su dirección, el muchacho voló hacia la puerta en pos de su compañero.
  Travis Saturnino dejó el polvoriento volumen sobre el mostrador y se sonrió.
  —Nozaroc im argela omoc notselrach notselrach… dicho del derecho suena mucho menos amenazador…
  Con paso lento se acercó a la entrada del establecimiento y cerró la vieja puerta de madera y cristal. Regresó al mostrador dispuesto a hacer caja no sin antes soplar la cubierta de su libro de hechizos y leer el título: Repostería de las Hermanas de Santa Virginia.
Tema propuesto: Una radiografía.

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