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Penitencia

Penitencia

Penitencia es la tercera novela de J.E.Álamo, la segunda publicada en Grupo AJEC después de El Enviado, nominada como mejor antología en los Ignotus 2008.
  El terror campa a sus anchas en Los Llanos. Al terrible asesinato del padre Luján en su propia iglesia hay que añadir la extraña desaparición de un niño, que se viene a sumar a la del antiguo dueño del piso que ahora ocupaba su familia. Mientras la policía anda dando palos de ciego, el inspector Aguirre y su nuevo compañero Kike, ambos al servicio de una agencia dedicada a la investigación de asuntos que escapan de lo común, trabajarán en paralelo a las fuerzas del orden, intentando por todos los medios que el horror llegue a su fin.
  La redención y la culpa, la perversión y la inocencia. El autor recupera los grandes temas de su primera novela, pero nos los ofrece de una forma totalmente distinta. Si en El Enviado, todo estaba subordinado a la historia y a una compleja estructura de muñecas rusas, aquí los personajes toman el dominio absoluto de la función. No en vano, la mayoría de los capítulos se titulan en función del personaje que lo protagoniza. Todos ellos, incluso algunos que no aparecen más allá de unas pocas líneas, están trazados con extremo detallismo: delineados tanto física como psicológicamente y dotados de biografías y circunstancias personales e intransferibles. Ello los convierte en seres reales con los que el lector empatiza de inmediato, sintiendo repulsión o cercanía según el caso, y en consecuencia, llevándole a preocuparse por su suerte en la historia. A otro nivel, se puede apreciar el fresco de la sociedad actual que esa suma de individuos termina configurando. Una realidad nada complaciente que nos retrata un panorama lleno de desasosiego en los que el egoísmo, la ignorancia, la corrupución, la miseria y la pobreza moral campan a sus anchas y en el que solo unos poco pugnan por ponerle freno.
  Mención a parte merece la ambientación que acoge a estos personajes. Una vez más, Joe demuestra una facilidad pasmosa para recrear lugares cotidianos y la fauna que los habita. Uno casi puede sentir el humo del tabaco o el aroma del café en el bar, sin duda uno de los lugares preferidos por el autor para situar sus historias; el frío del mostrador y el rojo sangre sobre el mármol blanco en la carnicería o la soledad polvorienta en penumbra de la iglesia.
  Que nadie se lleve a engaño. La cuidada caracterización de sus criaturas no significa que la historia sea lenta, llena de espesos paréntesis en los que no pasa nada. Sirva como ejemplo el arranque del libro, en el que el autor nos presenta a El Segador. Lo que en la mayoría de los casos ocupa minutos de metraje o capítulos llenos de explicaciones, y pocas veces logra ser plausible, nos es retratado aquí de forma magistral en apenas cuatro páginas a través de pensamientos puntuales del asesino. Esta capacidad de síntesis es aplicable a toda la obra. El libro te coge del cogote desde la primera línea y ya no te suelta hasta el final al compás de su ritmo trepidante. Un servidor se lo ventiló en un par de días.
  Como curiosidad, apuntar que intercalado en la historia se encuentra un texto corto del autor que ya le había leído de forma independiente. Dejo al lector avezado la tarea de identificarlo. Sorprende lo bien que encaja en el conjunto, y uno no puede evitar preguntarse si fue ese el gérmen que dio origen a la idea del libro.