La quietud que precede

Cuentos inhumanos

Hasta el momento la obra de José Miguel Vilar-Bou nos ha mostrado dos facetas del autor: en sus novelas de fantasía, aunque la etiqueta en este caso se queda corta y mejor sería hablar de «Fantasía del desengaño», se nos presenta un autor complejo, que lejos de rendir pleitesía a los engranajes del género los usa a su antojo para, más que darle la vuelta a sus tópicos, convertirlos en un vehículo fascinante de análisis del género humano en el peor escenario posible: los horrores de la guerra. Tanto Los Navegantes —nominado a los Ignotus 2008—, como Alarido de Dios —finalista al premio Celsius, al Xatafi-Cyberdark y a los Ignotus 2010, estos dos últimos todavía pendientes de fallo—, sumergen al lector en un imperio en decadencia, cercano a su fin, enfrentándolo sin concesiones al horror de la barbarie de la mano de protagonistas aparentemente opuestos, seres que en su peregrinar alcanzaran un conocimiento del otro que les llevará a entender que son más los puentes que los unen que aquellos que les separan, precisamente aquello que las civilizaciones enzarzadas en el conflicto que les envuelve son incapaces de conseguir. La otra faceta nos trae un autor mucho más intimista, ya nos lo dio a conocer la novela corta Después del orgasmo, y nos lo ha reafirmado las dos antologías de relatos: La quietud que precede —accésit I Premio de Cuentos Ilustrados Diputación de Badajoz—, y Cuentos inhumanos. La primera ilustrada por Anabel Zaragozí, y las otras dos por Verónica Leonetti. En estas obras el diálogo que se establece con el autor es más cercano, de conversación de café a media tarde, los excesos que la historia exige en las novelas anteriores dejan paso aquí a un tono más contenido, lleno de lirismo, pequeñas historias que José Miguel desgrana con su talento incuestionable, mimando cada palabra, cada detalle, y convirtiendo en literatura lo que en manos de muchos no pasaría de mera anécdota.
  La quietud que precede es una antología de cuentos de fantasmas. Pero poned freno a vuestra imaginación y dejad de lado cadenas, castillos a medianoche, y espectros azulados, si las historias de Cuentos inhumanos a menudo nos transportaban al otro lado del espejo, las que habitan esta antología, si exceptuamos la primera de todas ellas «Fantasmas» que juguetea con lo paranormal, nada tienen que ver con fenómenos de ultratumba y todo con el mundo de los vivos. Los fantasmas de La quietud que precede son temibles e inquietantes precisamente por cotidianos, porque nos resultan familiares, porque todo hijo de vecino se ha enfrentado a ellos o lo hará en el futuro.
«Nowhere man» o «I’m a rock» serían la banda sonoroa ideal para «Amor a lo desconocido», la historia de un hombre que gusta de amar a desconocidas, deseándolas y amándolas en silencio y a distancia en las calles de una enorme urbe poblada de soledades. Alguien que prefiere vivir de fantasías a asumir su vida real.
«Nace un fantasma» narra de forma magistral el dolor de la pérdida del ser amado, y a la muerte en vida que ello puede acarrear. Asombra la facilidad con que el autor pervierte la clásica narración de casa encantada, situando al lector por delante de los seres que pueblan la narración y dándole la ventaja de conocer la verdadera historia que ellos toman por aparición de ultratumba.
  En «Pipirrana» y «La quisquilla» la metáfora gastronómica materializa el temible paso del tiempo y el desasosiego ante la pérdida del paraíso perdido, sea el de la infancia, la casa paterna, en el primero, o el mar, la fuerza de la juventud, en el segundo.
  En el último relato de la antología, el que da título a la misma, es el espectro de la vida adulta el que acecha al joven pintor protagonista, quien, sumido en la indecisión, petrificado, ve escurrirse los días del mes de plazo que el propietario de la casa prestada le ha dado, antes de verse obligado a tomar una decisión sobre su futuro, ya postergada demasiado tiempo. Un paso doloroso que quizá implique matar algunos sueños.
  Al igual que en «Cuentos inhumanos», los textos de José Miguel cuentan con el complemento de lujo que son las ilustraciones de Verónica. Instantáneas deliciosas que se funden con las palabras hasta devenir uno y en las que la artista escapa de sus habitual paleta de tonos grises, apelando a ocres, verdes y azules pálidos, según precise el tono de la historia.

¿Dónde conseguirlo?

Web de José Miguel VilarBlog de Verónica Leonetti.

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