Archivo de la categoría: Píldoras de cine

Microimpresiones desde la butaca

Kick-Ass – Legión – El hombre lobo

Kick-Ass. A medio camino entre una cinta de superhéroes, los adolescentes de Kevin Smith y las coreografías de Tarantino, más que digna versión del rompedor cómic de Mark Millar y John Romita Jr., si bien las dosis de mala uva y violencia se han reducido considerablemente, y los cambios de guión respecto al original, son para peor. Un par de ejemplos: que la compañera de clase y objeto del deseo del protagonista sea ex novia de un traficante treintañero resulta poco plausible o que la maleta de Big Daddy y Hit-Girl no aparezca en la película ni con ella su verdadera historia, elimina la crítica más aplastante que contiene toda la serie a quienes se toman los superhéroes demasiado en serio. A nivel visual la traslación de las viñetas es excelente y dejando de lado la batmización del atuendo de Big Daddy o que Red Mist parezca una reina del orgullo gay, el resto son las viñetas del cómic en movimiento. El rediseño del traje de Hit Girl me parece todo un acierto y es una auténtica gozada verla repartiendo leches.

Legión. El punto de partida es curioso: Dios está hasta las narices de la humanidad y decide enviar a sus ángeles para que la aniquile, pero olvidaros de las espectaculares escenas que tan solo leerlo han surgido en vuestra mente. La falta de presupuesto la reduce al consabido esquema de terror serie B: grupo de desconocidos coinciden en un restaurante de carretera y deben enfrentarse a la terrible amenaza. Los intentos por integrar elementos religiosos en la trama de terror/acción solo consiguen llenarla de incoherencias.

El hombre lobo. Remake del clásico de la Universal que devuelve el mito a su época histórica original. Potente a nivel visual, escenas como la del licántropo bebiendo ante el puente de Londres son de las que quedan en la memoria, contiene altas dosis de hemoglobina y vísceras. Se nos cuenta la consabida historia de la maldición, con algunas variaciones para darle emoción al personal, pero sin llegar a ofrecer nada que deje con la sensación que, más allá de la operación comercial, la revisión merecía la pena.

Alicia en el país de las maravillas – El pequeño Nicolás – Mentiras piadosas

Alicia en el país de las maravillas. A nivel formal, Tim Burton traslada de forma magistral el imaginario de la obra a la gran pantalla, pero su espíritu está más cerca de La Historia Interminable o Las Crónicas de Narnia que del surreal y subversivo original de Lewis Carroll. Esta Alicia resulta inofensiva por muy Juana de Arco que me la disfracen.

El pequeño Nicolás. Entretenida película francesa que logra lo que parecía una gesta: construir una versión cinematográfica digna de los libros de Goscinny y Sempé; serie donde se rememora con mucho humor el mundo de la infancia. A través de los ojos del protagonista y sus peculiares amigos se retratan tics y fobias del colectivo adulto, cuyos miembros asisten boquiabiertos a las aparentemente incomprensibles reacciones de sus retoños. Por ponerle alguna pega, el niño que hace de Nicolás es demasiado «mono», viendo los dibujos de Sempé uno nunca se lo hubiera imaginado así aunque, siendo justos, su actuación resulta convincente.

Mentiras piadosas. Ópera prima del director argentino Diego Sabanés basada, aunque hay referencias a otras de sus obras, en el relato de Cortázar «La salud de los enfermos». La película nos cuenta la historia de una familia burguesa de Buenos Aires que regenta una sombrerería, y arranca justo cuando uno de los hijos parte a París para triunfar como músico. Con el paso de las semanas la falta de noticias del hijo predilecto empeora la delicada salud de la matriarca y a partir del más inocente consejo del médico que la atiende, sus otros dos hijos, su hermana y su cuñado deciden alimentar sus esperanzas. Constituye una apasionante reflexión sobre la familia, el paso del tiempo y sobre todo el poder de la ficción y sus efectos en el mundo real.

En tierra hostil – Invictus – Celda 211

En tierra hostil. Buena muestra de cine bélico que se centra en una vertiente poco explotada del mismo: el trabajo de los artificieros en Irak. Tiene su punto fuerte en cómo logra transmitir la sensación de constante tensión que implica vivir y trabajar en territorio enemigo. Incluso consigue reproducir esa sensación de insensibilización en el espectador: la casi insoportable tensión inicial acaba derivando hacia una cotidiana inquietud en la que nadie está a salvo del peligro, pero que permite entender la decisión del protagonista. La estructura por misiones le dota de un estilo fragmentario. Los episodios tienen suficiente variedad para no caer en el aburrimiento, pero hace que la evolución de los personajes quede algo entrecortada.

Invictus. Quizá si no viniera de quien viene no dejaría ese sabor tan agriducle. Freeman se convierte en Mandela, es Mandela, pero el episodio de su vida retratado termina reducido a una sucesión de partidos de rugby con un final conocido. Escenas como la del helicóptero descendiendo sobre el campo de entrenamiento, con una empalagosísima melodía pop de acompañamiento, no parecen a la altura del autor de «Gran Torino» o «Sin perdón». El tono de la historia es demasiado blanco para la complejidad del conflicto reflejado, demasiado «todo el mundo es “güeno”», con lo que uno se queda con la sensación de haber visto un telefilm de sobremesa que entretiene sin más.

Celda 211. No tiene desperdicio. Parte de una premisa argumental «encontrarse en el peor momento posible en el lugar equivocado», para a partir de aquí hundirse en un conflicto de intereses en el que los malos terminan demostrando más catadura moral que los buenos. Quizá peque de cierto maniqueísmo al presentar las dos caras de la moneda con ciertas reacciones del entramado opresor poco creíbles, pero son apreciaciones que no empañan ni un ápice el brío de una historia narrada con buen pulso. Tosar se sale en su papel de Malamadre.